Cultura del Souvenir

 

Alberto Madrid

 

Las obras que exhibe Carlos Vega se podrían disponer y clasificar en dos series: una de bolsas que contienen catálogos, las que están dispuestas sobre superficies que remiten a estanterías o mesas; la otra serie de imágenes representan personas en distintos contextos culturales de ciudades occidentales, espectadores en salas de exposiciones o en zonas típicas que dan cuenta de la figura del actual consumidor de imágenes portando diferentes tipos de dispositivos para su fijación.

 

Si bien asistimos al “giro icónico”, en la obra existe una densidad textual implícita. Se trata de pinturas que se dan a ver y leer conteniendo mucha información o, lo que tradicionalmente se dice de la pintura de género, que ilustra un relato. Lo que Carlos Vega ejecuta son más bien visualizaciones, presentando imágenes muy especulativas en el sentido de lo que representan: cuadros dentro de cuadros o el recurso de la cita, entre otros procedimientos que describiré.

 

En una de las series, el artista reproduce la actividad de los personajes como recolectores de imágenes, respondiendo a un momento caracterizado por la estética del consumo, la cultura del souvenir, el capitalismo artístico; expresiones que aluden al tiempo de una supuesta abundancia.

 

Las imágenes que Vega (re)produce tienen su conceptualización en la noción benjaminiana enunciada en el libro La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En ese texto, Benjamin postula anticipadamente que la obra de arte producto de las tecnologías y los sistemas de producción se transformaría en una mercancía, además de otros fenómenos socio-políticos y culturales relacionados.

Con anterioridad, el artista ha pintado bodegones y naturalezas muertas. Lo que ahora expone está producido y resignificado sobre ese inconsciente que de modo diagramático pone en tensión la triada recolección - exhibición - consumo. Ello recuerda el origen del género en Holanda a mediados del siglo XVI, en que aparece la necesidad de colgar cuadros en los muros de las casas como signo de prosperidad, produciéndose un nuevo tipo de mercado de arte. El espacio doméstico no sólo necesitaba habitabilidad sino además decoración.

 

Mirar - leer es relacionar. Las imágenes de la primera serie —al modo de las escenas de ferias de la pintura holandesa—, que se podrían designar como la actualización de la naturaleza muerta, son resignificadas en el escaparate de la tiendas de souvenir de los museos. Muchas veces se da la paradoja que ciertos tipos de espectadores/consumidores sólo visitan dichos espacios de consumo.

En la actualidad nos hemos transformado en consumidores de imágenes. De lo dicho antes acerca de la especularidad, la primera serie es la suma de las imágenes de portadas de catálogos sobre determinados artistas (con lo cuales se estructura un cierto canon) que son transportados en bolsas, en las que Carlos Vega manifiesta el hacer bien la pintura, la transparencia, la veladura, la luz y el uso del color. Son obras que corresponden a micro escenas de lecciones de pintura. El espectador/lector reproduce el procedimiento de la naturaleza muerta que consiste en recolectar - clasificar - disponer. Es decir, arma una colección imaginaria (ya lo intentó antes André Malraux, mediante fotografías en su Museo imaginario); recurriendo a otra cita de la historia de la pintura de cuadro dentro de otro cuadro, también recuérdese las pinturas que representan pinacotecas.

 

La segunda serie de obras, la de los personajes, remiten al paisaje cultural, el que también contiene una cita a los viajeros ilustrados relacionados a “El gran tour” del siglo XVIII. Dicho tópico refiere a los hijos de la clase aristocrática que recorrían ciertas ciudades como parte de su formación. Hoy, éste corresponde al fenómeno del consumo cultural; las posibilidades de viajar se han facilitado y ampliado con viajeros provenientes de las economías más rentables, dándose un consumidor insaciable ante la imposibilidad de ver y recorrerlo todo. En la actualidad las cifras se desbordan respecto de la creación de nuevos museos, galerías de arte, ediciones de catálogos como los que se exponen.

 

Una de las obras que me permite imaginar – tramar, es aquella en que se puede apreciar a una mujer joven y otra más adulta, quien podría ser la madre: la primera registra con un dispositivo electrónico que funciona como un fuera de campo; la segunda observa. El punctum barthesiano para mí es que la más adulta lleva en una de sus manos un libro, lo que da cuenta de dos sujetos con diferentes sistemas de mirada y de lectura.

 

Por ello recupero lo del artista como recolector de imágenes. Si bien desde siempre estaba la transposición y la traducción en la superficie de la tela, en esta serie Carlos Vega edita como parte de sus procedimientos de obra, es decir, registra, captura y encuadra imágenes que le servirán de modelo para luego traspasar a la tela. Aquí hay un dato interesante, consciente de los tiempos de las superficies inmateriales de la pantallización actual, él resiste desde la pintura, evidenciando los procedimientos de la imagen mecánica y electrónica para volver sobre la superficie del cuadro.

 

El nuevo viajero, de equipaje ligero, mochila, zapatillas, prendas livianas, recorre ciudades, monumentos, museos con una cámara o con un móvil, respondiendo a los tiempos en que todo lo sólido se desvanece (el lector atento reconocerá la cita) en una sociedad caracterizada por la movilidad y la mutación que asiste a un momento de imaginarios que se superponen.

Las obras de los personajes viajeros capturan imagen sobre imagen, que posteriormente deben ser editadas y nuevamente dispuestas para ser exhibidas; otra forma de especularidad en la lógica del nuevo narciso de la selfie.

 

Si más arriba mencioné a Walter Benjamin, en la equidistancia del tiempo y del espacio la crónica de Gilles Lipovetsky y de Jean Serroy en el libro de coautoría La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico, advierten sobre las contradicciones del modelo en su lógica productivista que amenaza la sustentabilidad del planeta.

 

De ahí entonces, que las pinturas de Carlos Vega se dan a ver y leer en un contexto en que se están modificando las lógicas de legibilidad de las imágenes y el modo como éstas se consumen, dando cuenta de un espectador que va perdiendo la experiencia del goce de la contemplación, mientras que sus obras posibilitan recuperar la experiencia del asombro.

 

 

 

 

Alberto Madrid Letelier

Doctor en Filología Hispánica, Universidad de Playa Ancha Facultad de Arte. Valparaíso, Chile